Llueve. Las luces de los autos se reflejan en el asfalto. Él, sin soltar el volante, mueve el espejo para verle la cara. Ella mira por la ventanilla en silencio. Él suspira y le dice: "Me gustas." Patricia sigue mirándolo en silencio mientras Mauricio deja de hacerlo y se acerca al quiosco de la esquina para frenar y bajar del auto. En el quiosco compra cigarrillos, un paquete de los negros y otro de los mentolados. Sabe que le gustan los cigarros mentolados, pero sabe que no va a agradecérselos. Dentro del auto Patricia lo espera aún en silencio. Mauricio vuelve con un cigarrillo en la boca y otro en su mano, se lo coloca entre los labios de ella y enciende un fósforo, ella corre la cara y tira el cigarrillo por la ventanilla. Éste cae en un bache de la calle empapada. Después de ese gesto, a él no le queda más que preguntarle: "¿Te molesta si fumo yo?." Patricia en silencio, le responde que no sólo moviendo la cabeza, y la lluvia empieza a caer más fuerte.
El mismo silencio permaneció intacto durante todo el viaje de más de media hora. Después de doblar una esquina, en un barrio de casas bajas, Mauricio lo rompe y le dice a su compañera: "Ya estamos llegando." Ella lo mira de reojo y después al cielo, él mira el cielo y después le dice: "Por ahí pare de llover hoy." Sin decir nada, Patricia vuelve su vista al frente. Se estacionan por fin frente a una casa vieja, con ventanas largas y persianas gastadas, con rejas oxidadas y una puerta alta, estrecha y de madera gruesa. Mauricio baja del auto, da la vuelta para abrir la puerta a Patricia y la ayuda a descender. Patricia baja pero no dice ni gracias, a Mauricio parece molestarle tal descortesía pero tampoco le dice nada. Se acercan a la puerta de madera sin timbre, se miran con gesto de sorpresa y suspiran fuerte, él toca con los nudillos de su mano grande y robusta, los golpes suenan fuertes y se oye un eco detrás de ella. Esperan.
Mauricio vuelve a tocar la puerta, esta vez cierra la mano y da tres golpes más fuertes. Otra vez hubo eco. Luego de unos minutos de incertidumbre se escucha: "¿Quién es?"
Mauricio vuelve a tocar la puerta, esta vez cierra la mano y da tres golpes más fuertes. Otra vez hubo eco. Luego de unos minutos de incertidumbre se escucha: "¿Quién es?"
"Soy yo", responde él. En ese instante abre la puerta una señora vieja, de espalda cuadrada y grande, su cabeza parece anormalmente redonda y ésta vestida con un solero estampado de flores. Lleva el pelo recogido y unas chancletas muy usadas. La señora se seca las manos en el vestido. Se queda muy quieta delante de la pareja de visitantes antes de comenzar a gritar con voz aguda y metálica: "¡Pasen, pasen!", repentinamente les mostró un entusiasmo que contrastaba con su primera impresión. Estaba casi a punto de saltar, emanaba alegría. Lo reconoció.
Dentro de la casa, en un hall de techos altos y paredes de ladrillos sin pintar, con una pared de vidrios de diferentes tipos y colores, Mauricio y Patricia esperan sentados sin mirarse a que la señora traiga todos los utensilios para el mate y mate. La señora se sienta delante de Mauricio y de Patricia, y le da el primer sorbo al mate. Las sillas de mimbre viejas crujen con cada movimiento de la señora. Ni Mauricio, ni Patricia se mueven más que para aceptar el mate y devolverlo. Parecen estar petrificados, sólo parpadean. La señora, entre mate y mate, comienza a mencionar un montón de detalles sobre su pensión y sobre el perro que murió semanas anteriores. Ellos la escuchan, ella no para de repetir: "Hubieses llamado, nene, porque sé que vos no comes mucho, pero como voy a saber si la comida te va a alcanzar, ¿Verdad? Maurito."
Dentro de la casa, en un hall de techos altos y paredes de ladrillos sin pintar, con una pared de vidrios de diferentes tipos y colores, Mauricio y Patricia esperan sentados sin mirarse a que la señora traiga todos los utensilios para el mate y mate. La señora se sienta delante de Mauricio y de Patricia, y le da el primer sorbo al mate. Las sillas de mimbre viejas crujen con cada movimiento de la señora. Ni Mauricio, ni Patricia se mueven más que para aceptar el mate y devolverlo. Parecen estar petrificados, sólo parpadean. La señora, entre mate y mate, comienza a mencionar un montón de detalles sobre su pensión y sobre el perro que murió semanas anteriores. Ellos la escuchan, ella no para de repetir: "Hubieses llamado, nene, porque sé que vos no comes mucho, pero como voy a saber si la comida te va a alcanzar, ¿Verdad? Maurito."
Mauricio casi no sonríe, pero muestra muecas con esa intención. Intermitentemente intercala sus pequeñas sonrisas con miradas dirigidas a Patricia. Ella mantiene sus ojos bien abiertos, su tensa piel no se mueve, se permite participar en silencio.
La señora se aleja para después traerles un plato con facturas un poco viejas, galletitas de avena y tostadas recién hechas, la coloca en la mesita del medio, más tarde se acerca con más agua para el mate, la coloca al lado del plato, después se va. Mauricio y Patricia se quedan solos en el hall. Él la mira, ella de reojo también. Él acerca su silla a la de ella, ella sigue arisca y toma una galletita de avena. En el patio la lluvia no para. Patricia termina de tragar, mira los ojos de Mauricio. Son marrones y pequeños, bastantes separados uno del otro, pero igualmente tiene una cara bella y armoniosa, con una perilla griega que Patricia siempre besó pensando en guerreros mitológicos. Él levanta su brazo y lo deja caer para que su mano tome la mano de ella. Mauricio la sujeta bien fuerte, con esas manos grandes llenas de callos. No quita sus ojos de los de ella. Levanta la pequeña mano de Patricia. Se la lleva a la boca, la besa suavemente, siente en sus labios la textura de un pétalo o de la piel del durazno con el aroma de la lluvia que no para. Ella sonríe mirándolo, él le dice: "¿Estás bien?" Ella responde: "Sí, amor."















