La prima de mi mamá se mudó en el barrio. Ella y su esposo compraron una casa casi en ruinas, pero que pensaban mejorar con cemento, pinturas, caños y, también pensaban en poner un negocio al lado. A la prima de mi mamá yo le decía "Tía Agustina" Ella tenía tres hijas, a ellas yo les decía "Prima Patricia", "Prima Natalia" y "Prima Beatriz".
Era muy temprano por la mañana cuando mi mamá se despertó para limpiar los cubiertos del día anterior, barrer toda la casa y pasarle un trapo limpio, lavandina y desinfectante a todas las habitaciones. Cuando me despertó para tomar la leche preparada, se puso a bañar y me avisó que íbamos a visitar a la tía, todo esto era para conocer la casa y para que juegue con mis primas, que me extrañaban y que tenían casi todas mi edad. Solo pude preguntarme cómo podían extrañarme si cada vez que me veían me mostraban las chucherías nuevas que habían comprado y que yo no podía tener. A veces eran buenas compañeras de juego pero la mayoría del tiempo eran sólo nenas consentidas. Estaba viendo dibujitos de Bugs Bunny cuando con gritos agudos mi mamá me mandó a bañar. Todavía no había terminado mi taza de café con leche.
En el espejo del ropero viejo veía a una nena de siete años con un vestido azul, de esos que tienen como una pechera cocida, con un bordado de flores anaranjadas en el pecho. Tenía rizos negros, estaban mojados y decorados con una vincha azul y con hebillas de mariposas. Los ojos de la nena eran negros y grandes, y los cachetes rojos. La madre de la nena estaba nerviosa, se movía por todos los extremos de la casa; acomodaba el cabello de la nena, y cometía el error de mojar con saliva un pañuelo para luego pasarlo por la cara. Una típica acción maternal que cambiaba la expresión de la nena. Ella protestaba asqueada poniendo más nerviosa a su mamá.
Caminamos unas tres o cuatro cuadras. Llegamos a la cancha de Boca y caminamos una cuadra más. La casa estaba casi al final. Los restos de material y escombros de la entrada habían ensuciado los zapatos nuevos que me regalon en el cumpleaños, mi mamá cambió la cara con una falsa sonrisa cuando abrieron la puerta, una puerta alta y de madera vieja. La tía me saludó con euforia, habló tan rápido que apenas le entendí que se refería a algo de mi estatura. Pasamos por un pasillo largo hasta un patio grande y de cemento oscuro. Justo en el medio del patio había un árbol grande y casi muerto, pero hermoso, bello en todos sus costados. Desde lejos se escuchaban los ladridos del perro, un ovejero alemán, un poco malo que no quería a nadie. Mis primas tampoco lo trataban bien como para que quiera a alguien, seamos sinceras. De todas maneras, yo lo odiaba. Bobby, perro tarado.
Al final del patio estaba la casa. Había que subir la escalera de madera pintada de diversos colores, todos primarios, con mucho amarillo y mucho rojo. La escalera seguía para subir a la casa de arriba, todas las casas de La Boca son así, todos los conventillos son así, de paredes de madera, de escaleras que dan al patio, de pasillos largos que terminan en el patio. Pero no todos tenían un árbol en el medio del patio, ninguno tenía algo como eso. ¡Qué lindo era!
Mi mamá subió con la tía por la escalera fea y me dijo que me quedara en el patio con mis primas. Ahí estaban ellas, Natalia y Patricia solamente. La otra era más grande, ya no jugaba con nosotras, prefería preparar el mate a las amigas de su mamá y escuchar sus conversaciones. Claro, era chismosa. Natalia y Patricia empezaron a correr después de empujarme y gritar "¡Mancha!". Yo las empecé a seguir, pero siempre hacían trampa y se escondían en el galpón donde estaba el perro o subían una escalera, esas, las de trabajo, de madera y que se mueven todo. Nunca subía la escalera porque tenía miedo a las alturas, y también me horrorizaba ese perro feo. Seguíamos corriendo y se largó a llover con fuerza. Todavía no había tocado a ninguna de mis primas cuando el juego había terminado. De todos modos, me había divertido. Ellas fueron hacia la puertita debajo de la escalera mal pintada. Pero antes decidieron correr hasta donde estaba el árbol y, cada una, le dio una patada fuerte, como si fueran ninjas o algo así. Sentí una enorme tristeza, sentí el dolor del árbol.
Dentro de la pieza de techos bajos, casi como una casa de enanos o más bien, como una casita de juegos, mi prima Natalia me miró con aires de saber mucho y me dijo:
- Se llama higuera, da higos. ¿Comiste alguna vez? No creo que te lleguen a gustar.
Era evidente que nunca había comido higos, nunca había visto higos, y siguió:
- Igual está muerto, no puede dar más higos. Mi papá dijo que lo van a cortar y poner una hamaca en su lugar.
Pobre árbol, pensé. No tiene la culpa de que esté viejo para que lo golpeen de esa manera. Pero no está muerto, yo sentía que seguía viviendo, que me miraba y me nombraba.
Patricia empezó a sacar de unas cajas unas muñecas, maquillaje de juguete, juegos de té y ropa de muñecas. Natalia desplegó una mesita y colocó sillitas alrededor, parecía que íbamos a jugar a la mamá o al hospital. Por la pequeña ventana de la casa de enanos se podía ver a la higuera bajo la lluvia, llorando, vieja y cansada, sin poder dar higos. ¿Cómo serán esos higos? ¿ricos, dulces, amargos, ácidos?. Patricia me ordenó que fuera la mucama, tenía que limpiar y llevar a las niñas a la escuela. Natalia era la maestra, yo también era la kiosquera de la escuela y Patricia, aparte de la ser la mamá era la directora del colegio. Jugamos a que fuera lunes, a que fuera martes, miércoles, jueves, y jugamos a que fuera viernes. Tocaba el turno a que fuera sábado, pero los sábados no hay escuela y había que inventar qué hacer, entonces Natalia sacó de otro cajón una bolsa de bombitas. Estaban todos colores. Ya quería inflarlas. Mis ojos se abrieron de la emoción cuando Natalia las acumuló y dijo:
-Vamos a inflarlas y ponerlas a todas juntas. Así, parecen globos y hacemos que vamos a la plaza con las chicas. ¿Querés ser la que vende globos?
Dije que sí, me encantaban las bombitas, los globos, la plaza. Estaba muy contenta.
Mientras ataba a las bombitas saltando y cantando, vi a la higuera afuera, en el patio, en la lluvia. Me entristecí rapidamente. La iban a cortar porque no daba higos, ¿Qué culpa tenía ella, si no quería dar higos y la pateaban? ¿Y cómo eran los higos? ¿Verdes, rojos, amarillos, como los escalones para entrar la casa?, ¿Como esos feos escalones mal pintados?
Cuando terminamos de jugar Patricia empezó a explotar las bombitas. Natalia la retaba, pero Patricia no paraba de reír con miraba de maldad y, a propósito, tiraba las bombitas al piso para pisarlas. Natalia se agachaba para sacarlas. Ellas empezaban a forcejear y gritar, la mamá gritaba teambién "¿Qué pasa ahí?". Y ellas, casi con miedo, respondían "Nada". En esa distracción pequeña de las chicas, yo corrí hasta debajo de la mesita y agarré una bombita grande y brillante que yo misma había inflado. Era azul. La escondí en mi espalda. La tía volvió a gritar que salgan a saludar a su tía que ya se va, y mi mamá esta vez me gritó a mí que nos íbamos, que me apure. Natalia y Patricia salieron y subieron la escalera colorida rápidamente. Yo me quedé sola en el patio.
Había dejado de llover y el cielo se estaba despejando lentamente. La higuera estaba mojada, y capaz tenía frío. Estaba sola, parecía estar llorando. La iban a cortar y poner una hamaca en su lugar porque no quiere dar higos. Mis primas esperaban en la mesa la hora de la comida mientras veían la tele y mi mamá gritaba, una vez más, que me apurara desde la puerta pero no paraba de hablar con la tía. Siempre hacía eso, me tenía horas en la puerta hasta que terminaba de hablar y después, mucho después, recién nos íbamos. Por eso me quede con la triste higuera, porque conocía a mi madre.
Triste y descuidada, querían cortarla para poner hamacas porque no podía dar higos. La miré en una recorrida de abajo hacia arriba, para cuando llegaba al final, veía el cielo aparecerse. Tenía que cerrar los ojos por culpa de la luz y no podía ver dónde terminaban sus ramas. Igualmente, en una rama baja coloqué la bombita azul que había robado. "Para que juegues" pensé. No quería que esté triste ya que me iba, no ella. Yo ya había sido amiga de un sauce del parque pero la higuera era más callada, menos aniñada, y también, tal vez, era que ella podría saber que la iban a cortar porque no quería dar higos. Tal vez, yo podría saber que no era su culpa, que no la cuidaron. Ella hubiera querido dar higos, sólo para que yo supiera cómo eran, a qué se parecían, si me gustaban. Pero no podía, y no iba a darlos. Tenía que esperar sola sin hojas, sin higos y con una bombita que no era un globo pero que podía acompañarla mientras yo no estuviera. Hasta que de esa rama salga un higo, el más rico, quizás sea azul, y no tengan que cortarla para poner unas hamacas paraguayas.