Anestesiada e insomne

Claudia Mariela Coronel Silva

viernes, noviembre 06, 2009

Hombrecitos



San Telmo, aproximadamente las 19 horas, en el comienzo de la primavera del 2009 y un día de semana estábamos caminando hacia su casa. Me besa la frente y me señala a los hombrecitos de ese histórico edificio. Me cuenta algo sobre ellos y cómo los conoció. Así, un breve relato que escucho de él en lo que toma caminar una cuadra. Antes de cruzar hacia la otra cuadra me agarra con sus manos y me roba otro beso pero de mi boca esta vez. Con los ojos cerrados absorbo el momento con la esponja de mi piel y memoria, pero antes... abro un ojo, miro al cielo, levanto mi ceja...y los veo observándonos. Sí...soy paranoica... no me odies.

viernes, octubre 23, 2009

Ciencia ficción- parte 2

Llegamos para ver que había mucha gente que también moría de curiosidad. Todos tienen la sensación de condimentar los días de su vida con algo nuevo y desconocido. Vos también te dejás llevar por ese sentimiento. Estás aburrido de tu trabajo, de la facultad, de tocar, de drogarte, de parecerte a Ian Curtis sin serlo, y a veces estás aburrido de mí. Tu hermano no salió del auto, le agarró sueño y se tiró a dormir. Yo esperé apoyada sobre el auto esperando que vos volvieras de ir a averiguar si efectivamente había algo allá. Encendí mi cigarrillo y pensé en tu aburrimiento, y en el mío.
No había nada. Eran informaciones erróneas de algún chistoso que nos utilizaba para reírse de lo estúpida que es la humanidad. Vos hubieras hecho lo mismo. Pero esta vez había algo más que se superponía a la acostumbrada intolerancia. Intentaba descubrirlo mientras volvíamos a dar vueltas por la ciudad. Cansado un poco frenaste cerca de donde te conocí. Un dato no menor, porque te gustaba recordarlo cuando el silencio se apoderaba de nuestra relación. Guillermo, tu hermano ya roncaba para ese entonces. No soportaste el silencio y tampoco el ruido de la radio. Pusiste algo de música compilada y dejaste de mirarme. Repetiste lo dicho esa misma mañana. "¿Estás segura de participar en esto?" No porque no conocieras cuál era mi respuesta. Pensé, en ese instante, que era posible que quisieras salvarme de la locura que íbamos a cometer, que me querías demasiado como para apoyar que te siguiera en tus ideas, o que te considerabas poco y pretendías más de mí. "Yo voy a ir a donde vayas. Quiero pasar el resto de mi vida con vos. En este palneta o en otro. No me importa" Me besaste con inigualable clemencia.



(sigue...sigue...)

jueves, octubre 22, 2009

Ciencia ficción-parte 1

Cambiamos la sintonía de la radio, anunciaban que definitivamente iban a llegar esta misma noche. La locutora marcaba la hora del suceso cada diez minutos. Una especie de lluvia de cuerpos ardientes, no se sabía bien qué, caerían en la ciudad, tampoco se sabía cuantos barrios iban a verla y cuantos otros iban a sufrirla. Ni la dimensión o el daño real de tal fenómeno eran comunicado en los flashes informativos. Subimos al auto esperando perseguirlo y entonces dábamos vueltas desde el centro hasta tu casa, hasta la mía, hasta el puerto, hasta la entrada de la ciudad, y estábamos así más o menos desde las cinco de la tarde. Faltamos al trabajo y vos a la facultad ya sabías que no ibas a ir desde ayer.
Entre una canción y otra pensábamos emocionados que ibamos a ser testigos de algo que la ciencia ficción regaló a nuestra infancia. Vos convencido que esto era parte de algo mucho más poderoso tomaste algunas cosas del taller, y del supermercado me obligaste a recoger alimentos. Muchos estaban escondidos en los garages y subsuelos de oficinas y departamentos. Otros reforzaban puertas de casas y nosotros eramos casi los únicos, además de otros pocos locos más en las calles, que paseábamos en auto, preparando la cámara y comiendo algunos snacks con gusto a queso.
Tomaste la avenida y volvíamos al sur cuando vimos caminando, sin prevención, como si no tuviera idea de lo que estaba pasando, a tu hermano, iba camino al Bajo. Dos gritos no lo avivaron de subir. Enojadísimo lo amarraste con tus largos brazos y lo metiste sin mucha oposición al asiento de atrás. Me sentí incómoda con la pelea que se armó. No lo dejabas dar sus razones. Yo escuché el nombre de Paula y te hice callar antes que él empezara a llorar. "Una lluvia de meteoritos no va a hacerla volver con vos" le dijsite con mucha crueldad sin que yo pudiera detenerte. Tenías bronca no sé si a él, a ella o a mí, porque me miraste de reojo y suspiraste de fastidio cuando bien bicho te puteé. "José, ella está en su casa, si querés la llamamos y la invitamos a verlo desde acá". Tu hermano entre sollozos "no" me hizo entender que se le habían pasado las ganas de ir a verla. Y luego la locutora interrumpió para dar la primicia del primer cuerpo cayendo al río. No estábamos lejos, así que aceleraste. Ibamos a ver qué era lo que bajaría luego....



(obviamente sigue)

viernes, septiembre 11, 2009

Lejos del ovolactovegetarianismo

Una eternidad
esperé este instante
y no lo dejaré deslizar
en recuerdos quietos
ni en balas rasantes
que matan...

Ah... come de mí, come de mi carne
Ah... entre caníbales
Ah... tomate el tiempo en desmenuzarme
Ah... entre caníbales

Entre caníbales
el dolor es veneno, nena
y no lo sentirás hasta el fin.
Mientras te muevas lento
y jadees el nombre
que mata...

Ah... come de mí, come de mi carne
Ah... entre caníbales
Ah... tomate el tiempo en desmenuzarme
Ah... entre caníbales

Una eternidad
espere este instante...



SS



domingo, agosto 30, 2009

El músico habla

Groupie Enamorada (cuento viejo)

La camisa blanca y traslúcida tiene mucha sensualidad en el pequeño torso de la adolescente que se cree groupie. Las flores bordadas en la misma camisa pierden a mis pupilas cuando comienzan a moverse al compás de mi guitarra criolla. La piel virgen y pálida de las curvas que suelta la espalda descubierta provocan mi entusiasmo. Suavemente, la espalda es rozada por las puntas de sus largos rulos morochos. Más arriba, el cuello largo y anémico permanece oculto por los mismos rulos; y más abajo, el tatuaje que este verano le hicieron debajo de la cadera apenas se nota. Un pantalón de gamuza gastada lo oculta. No importa que sublimemente el tiro esté bajo. Me espanta imaginar a esa estrella dibujada cerca de mis nudillos, me asusta más saber que puedo marcarle mis pulgares.
Los pies descalzos son caprichosos, evitan el descanso sobre la alfombra; pequeños y aniñados pies, apenas quieren tocar el suelo. Quieren volar, acompañar a las manos y dedos flacos que despeinan los rulos abandonados en un cuello.
Desmiente el tiempo cuando honestamente gira la cabeza y la reposa sobre sus hombros desnudos. Una vez vi otra cara así. Estaba buscando partituras dentro de cajas en la casa de mi padre, no mucho después de su mudanza a Villa Gesell, y la vi. Mi mamá miraba así a mi padre veintiañero. Lo retocaba con sus claros ojos, lo elevaba hasta el cielo más oscuro. Congelaba su mirada en una fotografía vieja que mi padre cincuentón todavía guardaba.
Esta cara también tiene mejillas limpias y se saborea en ella el delicado bouquet esparcido en sus pómulos y labios. Nacen en comisuras anticuadas, mueren debajo de esos brotes que forman las tetas. Hay tanto rosado en los labios como en el diminuto círculo de los pezones. No son tetas de mujer, son las tetas de esta adolescente a la que le brillan los ojos cuando toco esa canción de los años setenta.
Canta la niña hippie, pero no deja de mirarme. Yo, no puedo dejar de mirar el ombligo perforado y decorado con piedras baratas de color azul.
Llega a mis oídos el campaneo de los aros colgantes, llega el choque de dientes de leche.
Es una adolescente que me cree una estrella de rock, adora mi talento, ama mi guitarra. Cree que nació en la década equivocada, cree en la música de mis manos, no le atemoriza el invierno, no se abriga si hace frío y sólo usa esa camisa de flores, la que no desiste y me muestra el cuerpo, cubierto de vellos erizados de dermis nueva. Para ella, esto es amor.
La música revuelve los largos cabellos llevados con el orgullo de la rebeldía. Lo corre de la espalda, lo usa para tapar una cara llena de ternura, llena de admiración. Sin cara por un rato, queda solitario el cuerpo teñido de pino.
Firme es la piel que se estira en los flacos brazos que vuelven a tocar esos rulos. Se sacude sola la melena, se detapa y deja libres a los ojos para mirarme.
No cae la mirada. Mirar parece no cansarla, parece no molestarla. Espera palabras dulces, lo sé. Espera que deje de tocar, lo veo. Es la que todavía no es mujer, la que nació años después, la que me espera. Y lo sé, ella quiere mezclarse dentro de mi liso pelo y rascar la barba que llevo semanas sin arreglar. Quiere, más que nada, ser mi guitarra; por eso no se detiene y me mira así como mi madre miraba a mi padre. Aunque pesen mis ganas por deshacerme del pantalón de feria americana y, aunque sea fácil apropiarme de su inocencia, aún de esa manera, yo no puedo dejar de tocar. No puedo dejar de ser músico.

martes, agosto 04, 2009

Nuevo

Lo miro un largo rato porque se me queda mirando...no digo nada...él serio responde: yo también.

viernes, julio 31, 2009

RUIDOSA

"De alguna forma me duele haber
perdido la licencia
de escuchar a Sabina y sentirme identificado.
En ese sentido, yo era más estructuralista,
me afirmaba en la negación". I.A.C.





Antes de este viernes y antes de este bar, Matías tuvo una noche de jueves con dificultades para dormir. Estuvo varias horas boca arriba, con su pecho abierto, sosteniendo su cabeza como si fuera una pelota de voley sin pegar un ojo. Esperó que el cansancio del lunes, del martes, del miércoles y del jueves le pisará los párpados y mantuvo prolongadamente notas repetidas de un contrabajo para que le quitaran algunos recuerdos de Cecilia, y de Micaela también.

Extrañaba a Cecilia porque hacía mucho ruido cuando dormía, cuando comía al masticar, pinchar o cortar, cuando revolvía el café por las mañanas, cuando caminaba descalza, cuando fumaba, cuando lo hacían y, cuando querían hacerlo pero ella no quería pedirlo, hacía más ruido todavía. Desde su vientre salían unos quejidos raros, desde sus muñecas y tobillos unos golpeteos de tumbadoras, redoblantes en su risa, y castañuelas de flamenco puro en la caída de su larga cabellera castaña.

Este jueves la calle abandonó autos y motores, y los mosquitos enmudecieron y el calor renovó la luna llena en la ventana de la habitación donde Matías intentaba dormir para olvidar lo poco que recuerda de su relación con Cecilia. Lo poco es ruidoso y está alejado de días o meses de calendarios, está tan mezclado en las planillas del tiempo que no se distinguen, salvo excepciones, de las cosas que recuerda de Micaela. Pero Micaela, al contrario, era calladísima, cuando hablaba lo hacía tan bajo, pausado, con breves oraciones, que sólo notaba su presencia con su figura inolvidable de violonchelo al salir de bañarse. A ella no le gustaba vestirse hasta no estar completamente seca, por eso caminaba felinamente de un lado a otro preparándose para irse, flotando en sus pequeños dedos, sin hablar, tarareando desde su interior completo en do. Matías, que solía despertar tarde, no esperaba una despedida. La observaba aún dormido como si fuera parte de su sueño, absorviedo toda la calma solitaria de su compañera desnuda.

Todavía era músico, todavía estaba en sus veintes y ella era la novia ideal para ese momento de su vida. Llegaba como si no se hubiera ido, con un vino de mesa y comida comprada. Nunca parecía cansada. Al otro día sin hacer el desayuno, con un fino cigarrillo, Micaela se vestía en silencio, escondida en el secreto de la miraba del erectado Matías desempleado, bajista del barrio de Paternal.

De Cecilia además extrañaba sus diminutos besos en la frente cuando se tenía que ir apurada intentando no hacer ruido para no despertarlo. Le dejaba una nota escrita rasguñosamente con lápiz en la mesa del comedor y cerraba la puerta sin detener la comparsa de llaves, cerradura, y trabitas. La escuchaba tomar el ascensor y salir del edificio cuatro pisos abajo. Estrañaba todos los sonidos de Cecilia en la noche de este jueves callado.

Solía pasar, desde hace más de tres meses, que en noches tan calladas y silenciosas como Micaela, Matías quisiera reconstruir los ojos inquietos de la asustadiza Cecilia. Cuando sonaba el teléfono saltaba de donde estuviera sentada, y con el timbre del portero, exaltada, repartía sus pupilas a todos los ángulos de la casa. Ese miedo a lo inesperado hacía chocar sus pestañas como platillos de dieciséis pulgadas sobre sus ojos vergonzosos.

Los ojos de Chechu delineaban un rojo cansado, saturado de escrúpulos, que la asemejaba a los conejos. Esos y las grandes paletas de su dentadura blanca la hacían parecer a los conejos, y Matías no podía dormir porque también estrañaba esto.


Cuando se cansó de estar despierto, y culposamente miró la hora, muy seguro de cumplir con su cuota de nostalgia, se sentó en el órgano del living y comenzó a terminar una canción que hacía tiempo dedicaría a Micaela, profesora de literatura, tres años mayor, amante predilecta y musa eterna, y que, ahora sabía, se la debía a Cecilia. En el absolutismo de la ingenuidad, pensó que nunca había extrañado así, jamás. Sintió, con una pedantería estúpida, que se trataba del llamado de la iluminación musical y, recordando sus tiempos de novio bohemio de la hermosa Micaela, no dormiría hasta el final de su creación.

Ya bañado en un sudor altanero, se replanteó tocar la canción en vivo para que la oiga Chechu. Y escondiendo cualquier deseo esperanzador de reconquista, la llamaría para que acepte ser su espectadora. Un silencio torpe lo detuvo en los arreglos finales. Matías se quedó pensando en el discurso de introducción que mejor llegaría para que el sí sea más ligero y natural. No podía atropellarla en un llano “¿venís?”, sin contarle algunos cambios obvios en su físico y en su rutina. “Tengo pelo corto, trabajo en una oficina”. Si podía extender esta información con unos acostumbrados comentarios malos, del estilo “Y vos que dijiste…” para que ella suelte la risa que compara con el talento de Billy Cobham, y tanto extraña, le sería más fácil concretar la cita.

Arrepentido por la hora desubicada para llamadas de exnovios y terminada la obra, el despertador sonó para anunciarle que debía trabajar. Matías se acomodó en su silla, delante de una computadora donde dibujaría gráficos contables hasta las seis de la tarde. Así lo hizo el jueves, el miércoles, y todos los días hábiles de la semana pasada, por lo tanto, este viernes no habría excusas antes de llegar al bar del piano blanco en la entrada y acomodarse en la silla para esperarla.

Porque le dejó un mensaje en la contestadora de su casa y estaría hasta la hora que cerrara esperándola. Es una sorpresa, pero no te asustes como los conejos, Chechu, le dijo a la grabadora. Luego le dejó indicado la dirección y cortó. No intentó encontrarla en un nuevo llamado. A las seis, Matías salió del trabajo.


Cerca de las once de la noche, Matías estaba desilusionado, escuchaba los platos, los vasos, las copas, los pasos, las voces, el piano de los dedos de Lucila y el poco taciturno pestañear de Cecilia, esta vez, copiaba los decibeles de los labios de Micaela. En la inmediatez de la depresión regaló su partitura a la artista presente y se sentó a tomar el último trago. No había aparecido.

El cansancio de la madrugada desvelada y los varios tragos que se pidió los últimas dos horas empezaron a hacer efecto en el cuerpo de Matías. Empezó a bostezar y a cabecear inevitablemente. Matías cayó sobre la mesa dormido durante los dos minutos y cincuenta y cuatro segundos que duró la canción.

sábado, julio 11, 2009

Letras vomitadas





martes, junio 23, 2009

Se lo dije a Flor

Cada mañana cuando salgo con mi gamulán pienso que yo debería estar enamorada.

Desde que hace 6 grados de térmica y uso guantes, medias largas, polera, y fumo un pucho en la parada del 115 a las ocho menos cuarto de la mañana, miro hacia la esquina que está a dos cuadras y pienso que debería tener un enamorado para ir diciendo: "Ahí viene".

Sé que es culpa del frío y del invierno y del color azulado del afuera, sé que tiene que ver con el acolchado o con la estufa y con el calor que tarda en juntarse frotando los pies cuando son sólo dos pies.

Y sé que no estoy mal, no me pongo a pensar en nadie del pasado, no. Yo soy nostálgica por naturaleza, y la nostálgia nada tiene que ver con mi estado de ánimo. Lo que pasa es que después de un tiempo así... me siento sola... lo pienso un rato y lo retengo cuando el colectivo ya está en la parada, lista para tomarlo, y hacer funcionar la máquina de la rutina.

domingo, junio 21, 2009

Embole

Me aburrió un poco estar a esta altura del año. Aburrió muchísimo.
Me aburrió la clave del cajero automático, y decir "cajero automático". Me aburrió el café de la merienda. Me aburrió escuchar no decir nada, aunque fuese lindo escucharlo, porque me gusta mucho su voz.
Me aburrió estar viajando en subte del centro casi todos los días.
Me aburrió ver los pies de las personas, dedos o zapatillas o cordones.
Me aburre escribir las mismas palabras, decirlas, escucharlas, interpretarlas, analizarlas, repetirlas, aburrirlas. Y me aburre utilizarlas para tener sexo con alguien, para aburrirme teniéndolo, besando, abrazando, agarrando, moviendo, acelerando, terminando aburridos. Nos aburre estar desnudos, nos aburre estar vestidos, o estar cerca o lejos.
No me aburre verlo dormir, pero porque casi nunca pasa. Me aburre ver tanta cara masculina alrededor. Me fascina ver que son tan parecidos, tan diferentes, luego no pasan más de diez minutos desde que me dijiste lo bien que la pasaste y el misterio termina, ahi es cuando me quiero ir a mi casa y apagar el celular.


martes, junio 16, 2009




"...además, te tengo un gran cariño..."

Frase de la Sra. Ebriedad


sábado, junio 13, 2009

Cosas que le pasaron a una Mariela

Mariela - yo no - le admite a su espejo de pie que lo extraña.

No es descabellado pensar que mañana nos llegará en la bandeja de "correo no deseado" la noticia de que, mientras hoy miraba el reflejo de su hermosa simpleza, ella haya sonreído por recordar un tonto instante de la noche de ayer. Mucho menos deberá sorprendernos enterarnos que, mientras elegía qué debía ponerse para no enfermarse antes del invierno, dibujaba su perfil sobre un pulóver celeste.

Y, al mismo tiempo que sonríe, se viste. Un segundo después, escucha su propia voz que repite ese nombre. A ella, a Mariela - no a mí - le parece tan raro escucharlo así, desde su voz, desde la imagen de sus letras, un nombre nuevo, una palabra nueva terminada en O.

Se viste. No necesita desnudarse para encontrar en alguna zona tangible eso que le está pasando cuando lo extraña.

Hoy lo extraña delante del espejo, agachada, pegada a su clon, sacándose la sombra lila que pinta uno de sus párpados hinchados. Sonríe otra vez. En su cara, su sonrisa imita el gesto felino que heredó. Le dura lo que tarda en ponerse la larga media negra de su pierna derecha. Exactamente un minuto dura el sabor del beso que la despidió esa madrugada y que vuelve a saborear porque lo tiene guardado en una parte de su cerebro o en un bolsillo de su lengua.

Ya tiene puesto el pantalón de corderoy. Vuelve a sentir el frío de Medrano y Rivadavia sobre su cachete. Sobre su espalda, cadera, piernas, cintura, siente ese otro frío, el que la entibió antes de llegar.

Una boca malva y melliza con comisuras levantadas le confiesa que lo extraña. Desfachatada es la boca del espejo que le pide que no lo niegue. Desvergonzado es el labio superior del reflejo, "enamoradiza" le dice. "Te gusta extrañarlo" le susurra.

Así le simplifica alguna que otra duda, porque sabe tanto como Mariela (la que no soy yo, insisto) que rogaría para que esta tarde dominguera no termine. No importa cuán discretamente lo haga, lo hace igual, y lo sabe. Suplicaría con humildad que se retengan las simultáneas imágenes de un banco de una plaza en San Cristóbal, la de un cigarrillo Camel compartido, la de una estrofa cumbiera cantada a capela, la de un beso dulce en la desabrigada clavícula, la de un horrible empapelado de un lugar barato de Once. Ruego o súplica, es domingo y Mariela - ¡esa otra! - canta delante del espejo la repetida estrofa de Sabina que dice que sin embargo la quiere.

domingo, junio 07, 2009

Aplausos

Últimamente nadie aplaude en los cines. Nadie deja fluir las emociones. Hay protocolo, hay reglas y todo eso que se llama mecanización de sentimientos.

En las últimas situaciones no me subí al bondi que debía y llegué tarde al trabajo, no comí en el horario debido con mi familia, y falté a un cumpleaños. Ví tres películas más y leí un capítulo más de un libro que no me gusta del todo.

Luego, con tapado y bufanda fui a contarle nada, y a quejarme. "¿El destino está señalando con un sobrecito celeste en mi celular?" le dije. Ella estaba ebria y afirmó, me dio valor medio por medio de su alcoholización y fui.

Él es un ser más que común y corriente, yo soy una chica más que simple y complicada. Me pierdo en una segunda ronda y, cuando empieza a hacer frío, lo añoro un poco, y espero que los acolchados me den calor necesario para que la noche de luna llena pase una vez más. Entonces, así en el sueño olvide que no pude aplaudir al final de esta película.

Voy a dormir 15 minutos más.

martes, junio 02, 2009

Intelectualoides

Ma' que Lacan, ma' que Godard, ma' que Spinetta, ma' que amantes del jazz, ma' que Foulcaut, ma' que Boudelaire... Y me chupa Fritz Lang, y también Won Kar wai. Me resbala que leas a Hemingway y que escuches a Pink Floyd. Tampoco me interesa que fumes en una pipa y que te guste usar pantalones de corderoy. La verdad es que unos lentes gruesos no te dan facha y tampoco muero por ser tu chica igual a Bjork.
"No, no vi el ciudadano Kane", "No , no escucho tangos, ni óperas, y sí, muy poco rock". Si el café viene de dónde...? Si que dijo Borges cuando...mmm...cuando dónde?. Pfffffffffffffff
No quiero escribir y ver que no dice nada, son las 6 de la mañana y tal vez ahora no duerma, ni pueda trabajar bien el resto de la semana. NO, NO, NO, no me gusta eso, ni quiero ser igual a ellos. ¿Por qué no me dejas ser así, y que te visite con una cerveza en mi mano, este sábado, con complaciente postura, con ganas de acabarte, acabarme y luego vestirme rápido para que pueda dormir en el bondi de la vuelta? ¿Eh?

miércoles, mayo 20, 2009

El esclavo de preguntas


Si se ve a un señor en la calle y se pregunta qué hará cuando
se levante, puede que usted sea un novelista o incluso un filósofo;
un cuentista sólo piensa: ¿por qué se cayó?
ABELARDO CASTILLO, “Las bambalinas del escritor”.








Desde donde estoy sentado puedo ver la Tierra. Hace tiempo que puede verse. No llevo la cuenta desde hace cuánto, pero se ve.

No se lo comento a muchos, porque no quieren creerme en casi nada. Por ejemplo, ayer le comenté a una amiga que cuando nací, nací muerto y me revivieron; y que por eso veo a la vida como algo del pasado y a la muerte como si fuera lo que vivo. Me miró como si estuviera inventando, como si no me creyera. O yo quiero creer que no me cree, no me gustaría pensar que lo relacionó con el deterioro acelerado de mi cerebro por las drogas. Mucho menos me hubiera interesado darme cuenta que no me entendió. No me interesa haberlo entendido tampoco. Yo no soy más especial en nada excepto por lo que fue el inicio de mi vida. Y no espero haberla motivado de ninguna manera por esto. Sólo se lo comenté para que me conociera más. Porque desde acá puede verse a la Tierra y ella no me creyó.



- No veo al cielo desde acá. Eso también es difícil de entender y creer- me dijo.

Cuando escuché esto de ella, me pregunté porqué lo era. Así como se lo pregunta cualquiera que haya revivido antes de vivir, ¿no? Ella sólo vivió una vez, digamos.

Sin ser soberbio, pienso que por eso no quiere creer qué veo o qué no. Y quiero ser coherente en este relato, evidentemente, pero es difícil sin respuesta a cada una de las dudas que aparecen al final de cada duda de ella. Desde donde me siento no puedo creer que quiera aclararlas. No a ella. A mí. Por un lado, me hubiera gustado tener más simple mi visión a las dudas (veo a la Tierra, nada más), y no sentir cómo se multiplican con tanta rapidez.



Me dijo: "Ninguna de las preguntas que te estás haciendo ahora, tiene respuesta." Sonrió con labios cerrados y agregó que si las hay, hay que anotarlas. No necesité más de su escepticismo, para apostarle por mi vida anterior que sí se pueden conseguir. Sólo era cuestión de buscar cuaderno y lápiz.



Ella es muy eficiente cuando quiere y me consiguió dos. Me indicó: "En uno anotá las preguntas, en el otro, yo las respuestas. No olvides de enumerarlas." Se sentó en otra silla y me vio pensar.



En el primer cuaderno anoté una pregunta. Ella la miró de reojo y anotó en el segundo otra pregunta.

-Ésta es su respuesta.

Con toda maldad me pidió que encuentre la respuesta a esa respuesta-pregunta que anotó. No esperó siquiera a que pensara en la siguiente pregunta, así que mi respuesta fue interrogativa también. Al leerla, se rió con una gran carcajada. Ella se ríe como las brujas de películas de terror que veía cuando era muy chico en la casa de mis primos. Su cara es bastante delicada, pero su voz, gestos, movimientos y risa, tienen cierta aspereza. Con mucha brutalidad respondió con otra pregunta. Y yo, para no ser menos, le respondí con otra.



Empezó el juego. Mi amiga esperaba que respondiera (¿o preguntara?) y yo al intentar hacer lo mismo, lo hacía con muchas ganas de encontrar en ella una respuesta que cerrara el círculo. Y de no cerrarlo, encontrarla con ganas y punto. Es así como la escena de una pareja obsesiva me llevó de la diversión a un dolor de cabeza.

Mi prolijo cuaderno engordaba con los trazos mientras el de ella estaba todavía estaba impecable. Cada una de las preguntas se peleaban por aparecer en las hojas y escalonarse en el juego que ella inventó. Cada renglón que completábamos, y cada página que dábamos vuelta, despertaban otro signo de interrogación. En mi cabeza, un ejército de preguntas presionaba por salir, sin esperar a que ella terminara de escribir. Ya no miré su cuaderno. Ella hacía varios minutos que empezaba a responder sus mismas respuestas. No quise interrumpirnos para preguntar si quería comer o tomar un descanso. No quise hacer esa pregunta, y por eso la anoté.

Anoté: "¿por qué no me creía cuando le dije que la quería?"; y luego, en siguientes páginas, "¿cómo es eso que no puede quererme de la misma manera?

En otra carilla, completé, y tal vez repetí varias veces, preguntas sobre qué estaba haciendo acá y qué hubo en su pasado que tanto dolió, y porqué sus ojos están tan gastados que no pueden mirar fijamente a los míos cuando me cuenta de él. ¿Qué siente cuando me besa? ¿Cuándo quiere besarme? ¿Y abrazarme? ¿Qué pasa si mañana se daba cuenta que puede amarme como yo a ella hoy? ¿Cómo no se da cuenta hoy todo lo que quiere quererme? ¿Es miedo? ¿Cómo no lo olvidó? ¿Qué no olvidó? ¿El juego comenzó a aburrirla? ¿Será que leyó estas preguntas y está evadiéndolas por eso dejó el cuaderno a un lado? ¿Será tan malvada como su risa y se está haciendo la dormida porque no quiere responderme? ¿O será que está cansada? ¿No será que se dio cuenta que hay respuestas finales y no quiso anotarlas para que yo me rindiera primero, así no preguntaba más? ¿Se habrá dado cuenta que yo tenía razón en todo, que tiene que creer todo lo que le dije, y que querer querer no es tan difícil de creer? ¿O asumió, de una vez por todas, que la ilusión que tengo es certeza y no una cuestión de haber vivido dos vidas en este lugar desde donde puedo ver a la Tierra?.

martes, abril 21, 2009

Existencialistas


Se despejó el cielo cuando Simona atendió el teléfono a la noche. Lo saludó con su voz ronca y anestesiada, y le hizo saber el cansancio que le daba oírlo por cuatro horas más. Llevó al balcón el teléfono, un banquito blanco y negro, un vaso con agua, los cigarrillos y una caja de fósforos. Una cosa por vez.

Justo cuando se vio cómoda con el cigarrillo encendido, se acordó del cuaderno de canciones que le había regalado. Lo buscó sin soltar el tubo de su oreja, mientras oía muy atenta a la arrogante enumeración de las ideas que ella debía estar apuntando.

Juan Pablo se disculpó por la descortesía de su ausencia el sábado. Ella le dijo que no importó mucho porque no tenía muchas esperanzas de verlo. Su sinceridad innata no excusó el reproche del plantazo, y tampoco sintió picazón mínima al aclararle esto. Pero, sin que el dolor de ella interesara, subió el tono de voz para hacerle saber que ese fue el ultimátum a su trastornada relación.

Sorprendido no objetó; Simona no pudo cortarlo, es más, se puso el teléfono en la otra oreja, lo sostuvo con el hombro y se acercó una mantita porque el viento empezó a entrarle por los botones de la camisa bordada. Y es más, agarró el cuaderno, lo abrió en las primeras hojas y le ordenó que comenzara a dictar. Juan Pablo le preguntó dónde habían quedado. Ella comenzó a leerle salteando partes, yendo y viniendo entre las páginas, y se detuvo para contarle que la pareja que bailaba tango en la terraza de la casa de enfrente, ayer, había cambiado el repertorio. Para Juan Pablo ese dato de chusmerío barrial no era irrelevante. Le exigió que le describiera con detalle qué había visto la noche anterior. Simona limpió su garganta, estiró el cuello y acomodó el teléfono, no sin antes poner otro cigarrillo en su boca.

"¿Cómo que se cortó el pelo?" Fue la única interrupción que le permitió Simona. No hizo mucho hincapié en este vértice del relato, sólo postuló su teoría de que a las mujeres cuando la monotonía, resignación o desesperación las invade, lo primero que hacen es cambiar el look del pelo. También cuando hace calor, y aunque no haya empezado el mes de octubre, es pesado el mediodía últimamente. Sumó unos párrafos más a la alentadora dicotomía hombres/mujeres, antes de sentir que Juan Pablo estaba perdido en un rasposo piano jazzero. "¿Empezaste a tocar el piano otra vez? Me gusta".

Una vez que Roberta fue exhibida en un ajustado pantalón de gamuza gastada, y luego, Gabriel le había pintado los pasos que aprendió en las costillas izquierdas. Y, un escenario de romántico cemento los encapsuló mientras bailaron psicodélicamente al ritmo de una guitarra criolla, Juan Pablo le dijo que iba para allá. "¿Para dónde?" "Para tu casa".

Simona dejó el teléfono en el suelo, sobre el cuaderno abierto, sobre un pedazo de la manta verde, cerca de las colillas repartidas por el patio. Miró por encima de la baranda del balcón y vio la terraza de la casa que está cruzando la calle. No se parece ni un poco a lo contado. Parece que hubiera mentido y que ni Gabriel, ni Roberta hubieran practicado milongas ciertas madrugadas. Los rulos de Roberta no se parecen a las serpientes asesinas de Laocoonte. Y las pupilas de Gabriel no erizaban los vellos transparentes de la espalda de Roberta, cuando ella caminaba delante de él. No fumaban Camel. No es verdad que tenga tan buena memoria para cosas como esas. Y es más, las nubes tapan completamente el cielo porque llovió ayer.

sábado, marzo 28, 2009

La buscabifes

A pedido del público


Vos no tenés nada que ver
con el ardor de mi piel.
Perdoná que sea tan fría,
que no pueda ver más allá del despecho,
pero debo exigir.

Llamame miedosa
y pensá en
qué lindo sería
darme un buen golpe para que me calle.
Después,
decime preciosa,
y acariciá este muslo,
así, como si nada hubiera pasado.
Total mañana,
o uno de estos días,
por teléfono,
vas a despertarme
de mi resaca y a apodarme con cariño
antes del hola.
Triste,
soy la misma que te escucha,
sin pedir nada,
añorando todo.
Doy lástima.

Aprovechate,
hasta que termine mi putrefacción.
No lo sabés,
pero te pusieron
delante de mis anteojos para eso.
Reprimí cualquier idea de amor,
comodidad o resignación.
Cortá mis esperanzas y
la habilidad de soñar
con un vaso de vino,
mientras yo repito tu nombre
en una noche de bar.
Acabame,
como si te gustara.

Al mismo tiempo que
por ser vagos
no nos vamos a nuestras casas solos,
haceme el favor de usar ese tono,
el áspero y gastado de tanto cantar,
y hablá.
Porque tus palabras parecen ser sabias
cuando estoy desnuda,
calman ansías al romance de todo tipo,
crean realidades nocturnas,
logran firmas en el aire
en contratos prolongados de turnos pernocte.
Son tan capaces tus palabras que,
no importa si cae sábado
o viernes,
pueden retener
mis cuatro lágrimas correspondientes de
cada semana.

miércoles, marzo 18, 2009

EL HIGO (cuento tierno)













La prima de mi mamá se mudó en el barrio. Ella y su esposo compraron una casa casi en ruinas, pero que pensaban mejorar con cemento, pinturas, caños y, también pensaban en poner un negocio al lado. A la prima de mi mamá yo le decía "Tía Agustina" Ella tenía tres hijas, a ellas yo les decía "Prima Patricia", "Prima Natalia" y "Prima Beatriz".

Era muy temprano por la mañana cuando mi mamá se despertó para limpiar los cubiertos del día anterior, barrer toda la casa y pasarle un trapo limpio, lavandina y desinfectante a todas las habitaciones. Cuando me despertó para tomar la leche preparada, se puso a bañar y me avisó que íbamos a visitar a la tía, todo esto era para conocer la casa y para que juegue con mis primas, que me extrañaban y que tenían casi todas mi edad. Solo pude preguntarme cómo podían extrañarme si cada vez que me veían me mostraban las chucherías nuevas que habían comprado y que yo no podía tener. A veces eran buenas compañeras de juego pero la mayoría del tiempo eran sólo nenas consentidas. Estaba viendo dibujitos de Bugs Bunny cuando con gritos agudos mi mamá me mandó a bañar. Todavía no había terminado mi taza de café con leche.

En el espejo del ropero viejo veía a una nena de siete años con un vestido azul, de esos que tienen como una pechera cocida, con un bordado de flores anaranjadas en el pecho. Tenía rizos negros, estaban mojados y decorados con una vincha azul y con hebillas de mariposas. Los ojos de la nena eran negros y grandes, y los cachetes rojos. La madre de la nena estaba nerviosa, se movía por todos los extremos de la casa; acomodaba el cabello de la nena, y cometía el error de mojar con saliva un pañuelo para luego pasarlo por la cara. Una típica acción maternal que cambiaba la expresión de la nena. Ella protestaba asqueada poniendo más nerviosa a su mamá.

Caminamos unas tres o cuatro cuadras. Llegamos a la cancha de Boca y caminamos una cuadra más. La casa estaba casi al final. Los restos de material y escombros de la entrada habían ensuciado los zapatos nuevos que me regalon en el cumpleaños, mi mamá cambió la cara con una falsa sonrisa cuando abrieron la puerta, una puerta alta y de madera vieja. La tía me saludó con euforia, habló tan rápido que apenas le entendí que se refería a algo de mi estatura. Pasamos por un pasillo largo hasta un patio grande y de cemento oscuro. Justo en el medio del patio había un árbol grande y casi muerto, pero hermoso, bello en todos sus costados. Desde lejos se escuchaban los ladridos del perro, un ovejero alemán, un poco malo que no quería a nadie. Mis primas tampoco lo trataban bien como para que quiera a alguien, seamos sinceras. De todas maneras, yo lo odiaba. Bobby, perro tarado.

Al final del patio estaba la casa. Había que subir la escalera de madera pintada de diversos colores, todos primarios, con mucho amarillo y mucho rojo. La escalera seguía para subir a la casa de arriba, todas las casas de La Boca son así, todos los conventillos son así, de paredes de madera, de escaleras que dan al patio, de pasillos largos que terminan en el patio. Pero no todos tenían un árbol en el medio del patio, ninguno tenía algo como eso. ¡Qué lindo era!

Mi mamá subió con la tía por la escalera fea y me dijo que me quedara en el patio con mis primas. Ahí estaban ellas, Natalia y Patricia solamente. La otra era más grande, ya no jugaba con nosotras, prefería preparar el mate a las amigas de su mamá y escuchar sus conversaciones. Claro, era chismosa. Natalia y Patricia empezaron a correr después de empujarme y gritar "¡Mancha!". Yo las empecé a seguir, pero siempre hacían trampa y se escondían en el galpón donde estaba el perro o subían una escalera, esas, las de trabajo, de madera y que se mueven todo. Nunca subía la escalera porque tenía miedo a las alturas, y también me horrorizaba ese perro feo. Seguíamos corriendo y se largó a llover con fuerza. Todavía no había tocado a ninguna de mis primas cuando el juego había terminado. De todos modos, me había divertido. Ellas fueron hacia la puertita debajo de la escalera mal pintada. Pero antes decidieron correr hasta donde estaba el árbol y, cada una, le dio una patada fuerte, como si fueran ninjas o algo así. Sentí una enorme tristeza, sentí el dolor del árbol.

Dentro de la pieza de techos bajos, casi como una casa de enanos o más bien, como una casita de juegos, mi prima Natalia me miró con aires de saber mucho y me dijo:

- Se llama higuera, da higos. ¿Comiste alguna vez? No creo que te lleguen a gustar.

Era evidente que nunca había comido higos, nunca había visto higos, y siguió:

- Igual está muerto, no puede dar más higos. Mi papá dijo que lo van a cortar y poner una hamaca en su lugar.

Pobre árbol, pensé. No tiene la culpa de que esté viejo para que lo golpeen de esa manera. Pero no está muerto, yo sentía que seguía viviendo, que me miraba y me nombraba.

Patricia empezó a sacar de unas cajas unas muñecas, maquillaje de juguete, juegos de té y ropa de muñecas. Natalia desplegó una mesita y colocó sillitas alrededor, parecía que íbamos a jugar a la mamá o al hospital. Por la pequeña ventana de la casa de enanos se podía ver a la higuera bajo la lluvia, llorando, vieja y cansada, sin poder dar higos. ¿Cómo serán esos higos? ¿ricos, dulces, amargos, ácidos?. Patricia me ordenó que fuera la mucama, tenía que limpiar y llevar a las niñas a la escuela. Natalia era la maestra, yo también era la kiosquera de la escuela y Patricia, aparte de la ser la mamá era la directora del colegio. Jugamos a que fuera lunes, a que fuera martes, miércoles, jueves, y jugamos a que fuera viernes. Tocaba el turno a que fuera sábado, pero los sábados no hay escuela y había que inventar qué hacer, entonces Natalia sacó de otro cajón una bolsa de bombitas. Estaban todos colores. Ya quería inflarlas. Mis ojos se abrieron de la emoción cuando Natalia las acumuló y dijo:

-Vamos a inflarlas y ponerlas a todas juntas. Así, parecen globos y hacemos que vamos a la plaza con las chicas. ¿Querés ser la que vende globos?

Dije que sí, me encantaban las bombitas, los globos, la plaza. Estaba muy contenta.

Mientras ataba a las bombitas saltando y cantando, vi a la higuera afuera, en el patio, en la lluvia. Me entristecí rapidamente. La iban a cortar porque no daba higos, ¿Qué culpa tenía ella, si no quería dar higos y la pateaban? ¿Y cómo eran los higos? ¿Verdes, rojos, amarillos, como los escalones para entrar la casa?, ¿Como esos feos escalones mal pintados?

Cuando terminamos de jugar Patricia empezó a explotar las bombitas. Natalia la retaba, pero Patricia no paraba de reír con miraba de maldad y, a propósito, tiraba las bombitas al piso para pisarlas. Natalia se agachaba para sacarlas. Ellas empezaban a forcejear y gritar, la mamá gritaba teambién "¿Qué pasa ahí?". Y ellas, casi con miedo, respondían "Nada". En esa distracción pequeña de las chicas, yo corrí hasta debajo de la mesita y agarré una bombita grande y brillante que yo misma había inflado. Era azul. La escondí en mi espalda. La tía volvió a gritar que salgan a saludar a su tía que ya se va, y mi mamá esta vez me gritó a mí que nos íbamos, que me apure. Natalia y Patricia salieron y subieron la escalera colorida rápidamente. Yo me quedé sola en el patio.

Había dejado de llover y el cielo se estaba despejando lentamente. La higuera estaba mojada, y capaz tenía frío. Estaba sola, parecía estar llorando. La iban a cortar y poner una hamaca en su lugar porque no quiere dar higos. Mis primas esperaban en la mesa la hora de la comida mientras veían la tele y mi mamá gritaba, una vez más, que me apurara desde la puerta pero no paraba de hablar con la tía. Siempre hacía eso, me tenía horas en la puerta hasta que terminaba de hablar y después, mucho después, recién nos íbamos. Por eso me quede con la triste higuera, porque conocía a mi madre.

Triste y descuidada, querían cortarla para poner hamacas porque no podía dar higos. La miré en una recorrida de abajo hacia arriba, para cuando llegaba al final, veía el cielo aparecerse. Tenía que cerrar los ojos por culpa de la luz y no podía ver dónde terminaban sus ramas. Igualmente, en una rama baja coloqué la bombita azul que había robado. "Para que juegues" pensé. No quería que esté triste ya que me iba, no ella. Yo ya había sido amiga de un sauce del parque pero la higuera era más callada, menos aniñada, y también, tal vez, era que ella podría saber que la iban a cortar porque no quería dar higos. Tal vez, yo podría saber que no era su culpa, que no la cuidaron. Ella hubiera querido dar higos, sólo para que yo supiera cómo eran, a qué se parecían, si me gustaban. Pero no podía, y no iba a darlos. Tenía que esperar sola sin hojas, sin higos y con una bombita que no era un globo pero que podía acompañarla mientras yo no estuviera. Hasta que de esa rama salga un higo, el más rico, quizás sea azul, y no tengan que cortarla para poner unas hamacas paraguayas.

viernes, diciembre 26, 2008

Los músicos me pueden





I didn't feel a thing
It didn't mean a thing
Look in the eye and testify
I didn't feel a thing

Anything you say, we know you're guilty
Hands above your head,
and you won't even feel me
You won't feel me







(.......:P .............momento pajero)

lunes, noviembre 24, 2008

Autolectura--- respuesta en poesía

Interjecciones


-Querer más o menos.-
Quereres diferentes, diría.
Semirrectas sinuosas que avanzan desde un punto
y se entrecruzan entre sí
indefinidamente.
Risotadas de charlas de hotel.
Hoy me sorprendió la cintura de la luna,
la habilidad de gambetear nubes y luceros.
Nos hizo falta más cariño
para rompernos en un abrazo
ya sin juicio ni perjuicio
ni esos miedos viejos.
Estuvimos juntos porque somos dos enfermos que escriben.
Sos cuentista, hacés demasiadas preguntas.
Soy poeta, doy respuestas vagas.
Y soy vago para dar respuestas.
Ya sabemos que los títulos en las obras pueden ser pasajeros.
-Se cae la noche, escucho Led Zeppelin, mientras, escribo; nada raro-,
dato que sería irrelevante en poesía.
Como verás, yo no verseo:
esto es un cuento en verso,
y qué más da.
Digno de una relación de ficción.
Porque resulta que ahora somos "ex"
y antes no éramos nada.
Tirados en la cama con los ojos cerrados
hablamos y escribimos así las palabras
con tiza blanca en la pizarra del espacio.
-Mirá cuando todos, en vez de ser
semirrectas que viven desde un punto,
seamos todos planos posibles. E imposibles.
En fin, saltar a la 4ta dimensión,
y de ahí a todas las demás,
es sólo como desatar el punto
de ese primer miedo.
Ver en todas direcciones a la vez,
ver así el todo.
No se trata de blanco o negro, la vida es escala cromática.
Que se disuelvan las ecuaciones
en lo profundo del universo.
Un buen jugador sabe que es la pelota la que mete el gol.
Antes pensaba:
-quereme tanto si querés,
yo tanto quererte no quiero.-
Sin miedo a la pérdida,
sino perdemos honestidad.
Ahora pienso que no quisiera que te vayas
del todo de mi vida.
Evolucione esto así mientras se pueda.

Y que el tiempo deshaga entre nosotros
lo que no valga la pena.



Sergio Martín Ammirati