martes, agosto 16, 2011

"Buenos Aires era una Fiesta"

  Ahora sabe que tiene un problema de memoria. Le cuesta recordar nombres y fechas, pero los nombres de las personas que hace tiempo no ve le cuestan más. Es extraño que se lo haya dicho camino al cine, en el cruce de Florida y Lavalle esquivando a gente que siempre pobla la hora pico del Microcentro y que ninguno mencionara que hacía mucho tiempo que dejaron de hacer este tipo de salidas y que hace tiempo no se ven. ¿Será que olvidará su nombre?, piensa ella distraída un poco de su interlocutor. Toda la tarde estuvo invadida por la imagen de quien no puede olvidar. Él también decía eso. "Tengo un problema de memoria." Le invadió algo más que su imagen esa tarde, le invadió el miedo a ser olvidada. 

  Sin querer, ella se confiesa y le pregunta si tiene miedo a la amnesia o a algo como el Alzheimer. Con una paz que solo se reconoce en algunos silencios dentro del bullicio citadino él admite que no tiene miedo. O miedos, miedo en su sentido más puro. Él no tiene miedo en absoluto. Ella encuentra admirable esa seguridad. Además, ¿por qué sería importante permanecer como un dato dentro de los cerebros?, ¿por qué para ella es importante seleccionar, administrar, etiquetar momentos, personas y buscar la cronología en un orden de nostalgia o melancolía? ¿Por qué tiene que tener ese diario en su cerebro?, no va a escribir un "Buenos Aires era una Fiesta", ni mucho menos, no parece tener ese propósito por ahora. "Es miedo", concluye porque ya va a empezar la película y están pidiendo la cuenta de los cafés.

  A ver, podemos ver que intercambiar palabras y puntos de vistas a veces aclaran algunos estados. Él no le encuentra lógica al enrosque de lo que naturalmente no funciona. No dice que no haya arreglo, no dice que no hay posibilidades de repetir y de rehacer, dice que no hay motivos para obsesionarse con las situaciones. Si hacen mal, siempre está bien estar mal, pero no hay que obsesionarse. Ella intenta dar una respuesta con la definición de masoquismo y considera que es la más correcta. Las personas masoquistas necesitan dolor para sentir placer. Tampoco hay que enroscarse en entender ese punto de vista. Exacto, como él dice: No hay que obsesionarse. Y si él le hubiera preguntado: ¿Estuviste muy mal en este tiempo? Ella le hubiera respondido que mucho más de lo necesario. El drama también es parte de su forma de vivir y no se avergüenza en admitirlo. Se conoce muy bien, se agrada a sí misma como persona, incluída la obsesión por el dolor placentero.
  Ya terminó la película y deciden ir a comer a un bar de San Telmo. Llovizna pero ella prefiere caminar bajo esa leve caída de agua fría de invierno y retar al Señor Resbalón de calles empedradas. Una persona detrás cae y a ella le agarra un ataque de risa que contagia a su amigo cansado. Sí, el sentido de humor que tiene es tan simple que una caída ridícula puede mejorar su día o la charla triste que empezaran a tener. 
  Entre la milanesa, los ravioles, el vino y el mozo-personaje del bar hubo varias carcajadas y anécdotas que no varían de las otras salidas que solieron tener. Ella olvida solo por mínimos segundos dónde está; el barrio; el lugar geográfico donde vive la persona que dejó su corazón roto. De espaldas se sienta, dando la espalda al ventanal y a la parada de colectivo donde ella sabe que él fue obligado a continuar algo que ya estaba destrozándose hacía tiempo. Pero antes de eso fue el barrio de su soledad. A ese mismo bar fue tantísimos domingos para leer y estaba sola, para tomar una cerveza y también sola, para escribir -eso siempre lo hace sola- y en ese bar se juntó siempre con varias amistades como con quien estaba hablando en ese preciso instante, muchas veces...
  ¡Qué bueno que te hayan roto el corazón!, escucha la sinceridad. No, la ira hace decírle que no. O tal vez fue el miedo ese que ya había colocado como motivo a la desolación. Sí, es bueno que te haya pasado, me hubiera gustado sentirlo alguna vez. No, pero no lo dice de nuevo, prefiere quedar callada. A mí me caía bien él, no creo que de la otra parte hubiera sido así. Trata de explicarle que en estos momentos todo lo que conocía de él está bastante difuso como verlo con sus anteojos empañados por el calor del lugar pero que sabía que sí, que también él era una persona agradable para él. Sin embargo, cómo siente las cosas o personas hoy, las relaciones en general no sabe, ahora no tiene la certeza de nada. Se escapa un dejo de tristeza en un suspiro. Le sigue diciendo que sentía que con él era con el único que podía hablar de sus nerdealidades. Le dice que claro, que ella también lo sabe y que ella misma intentó aprender, no entrar en ese mundo, pero sí aprender y aprendió. Él le recuerda que igual desde antes ya tenía cierta idea. Sí, le confirma. ¿Antes eras una chica Ubuntu o Fedora?. Antes era Fedora, hoy creo que soy más bien Ubuntu. Se ríen ambos. Hablar en códigos es divertido, ella se ríe pero sabe que ese chiste pudo ser festejado por esta otra persona que participaba invisible en la conversación. ¿Te divertías con él? y silencio. Él... era mi persona favorita en el universo, y llora. Avergonzada pide perdón pero él le hace enterder que conmoverse está bien. Lo ve y lo ve sonreír. Acaba de conocer esa parte y sonríe. Hay un pequeño silencio entre ambos cuando un niño en la mesa de atrás grita un nombre (Ese nombre). Ambos se ríen cubiertos de ironía. Y sí, se dicen, hay nombres que no van a olvidarse, che.

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