El programa de las 3 am ha vuelto. ¿Cuál es el formato de este programa? Dos locutores tienen una charla de bar en el momento que todos parecen estar durmiendo. Sus conversaciones incluyen cine, televisión, libros, música, a veces cantan, otras ponen música. En su mayoría se habla de relaciones, todas las relaciones humanas menos la que tienen entre ellos.
- ¿Conocés una palabra que indique lo cotidiano pero no por eso banal?
- Puedo decirlo en dos palabras pero ¿vos necesitás una sola?
- Creí que como es tu ámbito te iba a resultar fácil.
- Te equivocaste porque nunca pude resolver una grilla en mi vida.
- Esto me hace dudar de tu inteligencia.
- Dudá tranquilo porque soy bastante estúpida.
- Yo lo soy mucho más así que decime cuáles son esas dos palabras que solucionarían mi conflicto.
- ¿Tengo permitido ser cursi?
- Aunque así no fuera.
- Amor naciente.
- ¿Cómo Japón?
- Ajam pero en vez de un círculo rojo...
- ...un corazón, ya veo. Ahora... en serio, si son esas realmente, explicame el porqué.
- Te puedo contar una historia que sirva de explicación porque a estas horas me hace corto el interruptor de respuesta sabia.
- La audiencia es todo oídos.
- Cuando conocí a mi marido del que ya me divorcié fue de la manera más mundana; él tomaba fernet y yo cerveza tirada. En el instante que cruzamos miradas yo sentí que iba a enamorarme. Y era un sentimiento muy claro, real como el resultado de un exámen, una magia en la que se veían los trucos. Luego pasaron un montón de pormenores y otras mas bien importantes, y lo que logró establecerme terminó por hacer añicos ese momento simplón del amor a primera vista...
- Entonces...
- No me interrumpas que no terminé.
Ya me había pasado antes algo así, con gusto a inocencia pero creí que no me volvería a pasar. (Dejá de mirarme así que en este ambiente de radio nadie puede notar que te estás preguntando por la persona con quien estoy hoy porque es de la que voy a hablar). Y no me pasó nunca más lo mismo, como te dije; me pasó algo muy distinto. Cuando conocí al hombre que marcó la diferencia fue también de esa manera superficial: antro y alcohol. No me hice mucho problema por averiguar qué sucedió que nos mantuvo hablando pocos minutos antes de terminar sudando en su cama. Cualquiera diría que fue de fácil pero no. Yo lo ví esa noche pero lo conocí al despertar y el encanto estuvo en la segunda noche.
En esa segunda noche pasó lo que nunca me había pasado jamás, no por la magnitud del placer que nos dimos -Extraordinaria- y tampoco por la comparación con lo anteriormente vivído. Pasó lo que nunca me había pasado en mi vida adulta: sentí dicha. Y reí con toda mi piel. Literalmente fui etérea. Además de una cursi oración es la pura verdad. Pero no es lo que quiero transmitir. Lo que yo sentí solo pude expresarlo bailando unos minutos luego. Él fue a preparar panqueques y estábamos a la mitad de una noche larga de invierno. En el living sonaban armoniosamente temas de los Beatles. Algo particular que pensé ahí es que ese disco recopilatorio es uno de los pocos regalos que me hizo mi madre cuando empezó a saber de mí y en mi cabeza estaban programados los temas para que vayan en ese orden. Yo bailaba totalmente desnuda, con mi pelo suelto, con un vaso de whisky en la mano, con un gato negro que jugaba a atacarme las piernas en cada uno de mis ebrios zarandeos. Bailaba con los ojos cerrados y mis pómulos radiantes de satisfacción. No podía saber qué estaba haciendo él hasta que entre mis mechones despeinados que molestaban a mis picarezcos ojos pude verlo. Él tenía el hombro apoyado en el marco de la puerta de la cocina, la única habitación que tenía luz encendida, y me miraba.
En esta situación cotidiana pero no banal, yo quedé suspendida en el tiempo porque era la primera vez que notaba la felicidad en la cara del otro. Él me miraba sonriente con completa alegría y se notaba la ternura que le estaba emanando. Me contemplaba. No solo eso, lo hacía con la misma dicha. Así es como yo entiendo lo cotidiano sin banalidad, un amor que nace.


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