En todas las historias abundan las exageraciones y se llenan los párrafos de mentiras y, lamentablemente, la reseña de la vida con Jerónimo no va a ser la excepción. Jerónimo fue o es un personaje envidiable: joven, atractivo, de nariz respingada, altura y porte; un desastre amoroso por el que hoy Emanuel está acá casi sin poder levantarse a la mañana antes de las ocho para ir a laburar. Consiguió un trabajo nuevo sin mucho esfuerzo, solo tuvo que hablar con las personas adecuadas, ser carismático y dejar referencias ideales para los empleadores. Mentir, pero con un particular charme.
La verdad es que no se imaginaba que a Jerónimo se le ocurriera visitarlo justo ahora. Por suerte le avisó, pero es muy inoportuno el malagradecido. Se mudó lo suficientemente lejos y dejó de contactarse con todos sus amigos y conocidos para que se dejaran en paz, no porque le hiciese mejor, sino porque él necesitaba un espacio amplio que lo separara del otro. Sí, sí, esperó muchísimas veces a la noche junto al teléfono a que lo sorprendiera la sexy voz de Jerónimo y le explicara cómo fue que averiguó el número y otras tonterías, pero ahora mismo es inoportuno. No, más bien es injusto. Momentáneamente la casa de Emanuel es un desastre: tiene la ropa sucia y tirada por todos lados, ceniceros rebalsados y administrados en todos los rincones, basura en cantidad, tiene un colchón con una pobre vestimenta igual de mugrosa que las paredes; no pudo comenzar con la pintura, ni colgó la alacena y las cajas funcionan como los muebles que siempre olvida trasladar desde la casa de su hermana. No siente vergüenza de la casa nueva, solo no quiere que sepa lo deprimido que estuvo desde que llegó.
Ordena un poco los sucesos en su computadora personal interna para que quede claro porqué prefirió tomar esta actitud bastante dramática y nos cuenta que Jerónimo lo dejó por su antiguo jefe. Al puto de Julio lo presentó una noche que en la terraza hicieron asado todos los inquilinos de la pensión. Con Julio llevaba una amistad del tipo que se tiene cuando uno de los dos tiene un buen pasar económico y el otro conoce variada gente interesante gracias a su personalidad magnética. Una amistad por conveniencia compartida es la mejor forma de definirla. En la terraza no se dió cuenta cómo el idiota de Jerónimo se dejó mordisquear en el aire por la perlada y completa dentadura de Julio. La ropa de marca, su cargo laboral, el exquisito gusto de vinos, su relato egocéntrico como hombre de mundo, tantos viajes y su brillosa pelada obnubilaron al querido Jerónimo.
Pasaron algunas semanas y Jerónimo quedó desocupado. Lo invitó a vivir con él así no se preocupaba por el alquiler y otros detalles. La bondad le sobraba, además, conocía a la persona adecuada con el puesto perfecto y el poder necesario para conseguir un trabajo a su novio. Habló con Julio y le consiguió un lugar en el mismo banco. Como tenían planificado vivir juntos en otro lado y necesitaban dinero -al menos así le explicó, en principio, porqué hacía tantas horas extras-, Jerónimo empezó a pasar más tiempo con el jefe, el mismo puto y bronceado de Julio. Casi no lo veía, a la noche únicamente un rato. Y cuando lo hacían siempre estaba muy cansado, el sexo pasó de esporádico y simple a ser obligado y aburrido. La desesperación le picoteaba los oídos preparándolo para lo que se venía, lo obvio. Un martes no fue a dormir. Después se repitió un jueves, un sábado, otro sábado más cuando discutir ya era inútil, y un lunes muy soleado Jerónimo ya estaba instalado en la casa paqueta de Julio.
Claro que lloró y reclamó. Hizo escenas, le pidió replanteos y todos los mecanismos que encajan en una ruptura no esperada fueron usados a lo largo de los últimos meses. Renunció al empleo y buscó otro lugar aceptable donde pudiera curar su corazón roto. Su hermana lo llevó al cine, para olvidar a Jerónimo -su novio de tanto tiempo, dos años exactos- vieron películas de Drew Barrymore y tomaron cafés largos en Starbucks. Sin que pudiera anticiparse fue mejorando muy lentamente el rompimiento. Ya no lo nombra tanto y fue llamativamente eficiente dejar de mirar de forma constante el teléfono. Lo extraña en sus sueños y ese es el punto concreto en donde comienza la curación. Emanuel está mejor, pero sigue triste. Con optimismo se despreocupa por la limpieza del lugar ya que tiene fecha en el calendario para el torbellino del borrón y cuenta nueva: este fin de semana largo, el Ave Fénix cubrirá su dos ambientes con la purpurina que le sobra a sus treinta y tantos. O, por lo menos así, pensaba ayer antes de que Jerónimo lo llamara y sin diplomacia le pidiera que se vieran el viernes.
- Era importante, me dijo.- Emanuel se excusó con su hermana.
Aunque mucho no le agrada la idea de la visita, intentará poner la casa linda para recibirlo. El orgullo le pesa tanto como las ganas de verlo. En ese empate de emociones, practicará los discursos y todas las caras necesarias que no lo dejen en evidencia y ninguno salga lastimado. ¿Qué tendría que contarle? La creatividad que aprendió a desarrollar en su breve paso por la escuela de cine no lo ayudará a descifrarlo. No, porque Jerónimo se presentará a las cinco de la tarde con un absurdo plan.
Jerónimo había escuchado con atención todo lo que Julio le contó la noche de la terraza. Julio nació en Santa fé, tiene cinco hermanos y un padre muerto. Su madre apenas puede ver, se quedó ciega por la diabetes. Se mudó a Capital Federal en los ochenta, estudió economía y se casó con una compañera de la facultad con la que tuvo dos nenas. Nunca le había confesado sus fantasías homosexuales y hasta después de separados no se animó a concretarlas. Escaló posiciones en un banco hasta ser gerente de una renombrada sucursal y se estabilizó con un exquisito sueldo hace diez años. Tuvo una pareja que le había incentivado a viajar y estuvo en toda Europa, América del Norte y Sur, Oceanía y la magnífica Asia. Conoció a Emanuel en una fiesta del Festival de Cine de Mar del Plata cuando Emanuel todavía trabajaba en esa industria. Lo llevó a su banco y le aseguró que no debía hacerse problemas con su entrada monetaria. Emanuel se lo agradeció, su idea de escribir guiones para películas requería cierta tranquilidad económica y el tiempo que estaba en el banco sería tan poco que le permitiría escribir. De todas formas, no había pasado tanto tiempo desde ese momento. Le confesó a Jerónimo que no supo que Emanuel era gay hasta un tiempo después y que tampoco le había comentado que salía con un muchacho tan lindo, que si lo había hecho no le hizo justicia porque se habría preparado para no sentirse tan excitado por él. Julio echó el anzuelo ahí y Jerónimo se aprovechó.
A las cinco de la tarde Emanuel escuchará parte de este resumen y la propuesta indecente de Jerónimo. No sabrá si aceptar porque no entenderá los motivos de su ex hasta que él termine de detallarle cómo se desarrollará todo el plan para que no haya errores. Jerónimo es muy inteligente pero no le gusta trabajar, sin embargo tiene gustos caros y exclusivos. Conocer esta característica fue lo que a Emanuel le había dado la pauta de que lo había perdido cuando los presentó esa noche. Inocentemente dejó que las aspiraciones de princesa de Jerónimo ganaran a la confianza ciega que le tuvo. Y todavía Emanuel se culpa por todo lo sucedido.
Pero Jerónimo no. Jerónimo quería dinero fácil y solo necesitó engatuzar a un viejo puto para acceder a cierta información. Al principio no le gustó herir tanto a Emanuel pero su amor no era equivalente al que recibía de él. Jerónimo tiene veinticinco años y no está listo para comprometerse. No hay que confundirse, Jerónimo quiere mucho a Emanuel, tanto que se aparecerá a la tarde del viernes para pedirle perdón y, más que nada, para pedirle que le ayude a robar el banco.
Necesita de Emanuel dos cosas: primero, que escriba un pequeño texto de triunfo y despedida, que piense en un guión de película sobre asaltos a bancos. Lo segundo tendrá que pelear con la moral de su educado exnovio. Emanuel sabe la contraseña de algunos archivos que facilitan el acceso a bóvedas sin dejar rastro. Se lo pedirá con ojos de cachorritos pero le dará un porcentaje de lo recaudado y Emanuel deberá analizar la idea de ser su cómplice.
No habrá mucho tiempo para actuar. En el bolso de Jerónimo estarán seleccionadas las herramientas y los accesorios para el golpe. También llevará una cámara filmadora. Irán a la casa de Julio, quien aprovechará el tiempo extendido del feriado y estará en la costa con sus hijas. Le pedirá a Emanuel que en la computadora de Julio entre a ciertas carpetas ya copiadas y testeadas por Jerónimo y utilice su memoria para tipear las contraseñas y lograr ver esos papeles que filtrarán a las personas a las que no les serviría robar. Emanuel probará muchas veces y con dos horas como tope eligirán a quién y dónde robar. Acompañará a Jerónimo a mentir con encanto y engañar al guardia. El guardia estará sobornado porque sabrá una parte del delito, no el plan concreto, y aceptará ayudarlos. Jerónimo dirá que necesita otras cosas, utilizará recursos telenovelescos y muchas veces la palabra "venganza", disipará las dudas y la sospecha de que va en busca de plata. Lo logrará gracias a la simpatía de Emanuel y a su habilidad verborrágica. En las bóvedas cumplirán a la perfección con el robo y no dejarán rastros. El único que sabrá qué pasó y qué sucedió será Julio a su vuelta. Si no quiere perder su acomodado empleo, no hablará y destrozará el video que Jerónimo habrá grabado con un mensaje directo hacia su amante. El puto de Julio se sentirá humillado con las palabras que Emanuel escribirá. No será cruel, será cínico, digno de un malo querible por la audiencia y Julio no podrá odiarlo, ni traicionarlo, callará y esperará a que se resuelva la situación con los clientes. Estará calmo cuando sea interrogado y saldrá airoso de los apretujes incómodos. Jerónimo y Emanuel también estarán calmos, seguirán sus vidas como si nada hubiera pasado, pero no volverán a estar juntos. Jerónimo querrá viajar y se convertirá en un hombre de mundo; Emanuel buscará por internet a su futuro novio y pintará las paredes de color crema. Cuando pasen los meses, Julio buscará un nuevo empleo en algún otro banco. Volverá a Santa Fé al funeral de su madre y se recluirá en su casa en la vuelta, no contratará a la empleada de la limpieza por un tiempo, querrá estar solo, se pondrá triste, empezará a fumar otra vez, transformará su casa en un chiquero y extrañará en sueños los besos de Jerónimo.
La verdad es que no se imaginaba que a Jerónimo se le ocurriera visitarlo justo ahora. Por suerte le avisó, pero es muy inoportuno el malagradecido. Se mudó lo suficientemente lejos y dejó de contactarse con todos sus amigos y conocidos para que se dejaran en paz, no porque le hiciese mejor, sino porque él necesitaba un espacio amplio que lo separara del otro. Sí, sí, esperó muchísimas veces a la noche junto al teléfono a que lo sorprendiera la sexy voz de Jerónimo y le explicara cómo fue que averiguó el número y otras tonterías, pero ahora mismo es inoportuno. No, más bien es injusto. Momentáneamente la casa de Emanuel es un desastre: tiene la ropa sucia y tirada por todos lados, ceniceros rebalsados y administrados en todos los rincones, basura en cantidad, tiene un colchón con una pobre vestimenta igual de mugrosa que las paredes; no pudo comenzar con la pintura, ni colgó la alacena y las cajas funcionan como los muebles que siempre olvida trasladar desde la casa de su hermana. No siente vergüenza de la casa nueva, solo no quiere que sepa lo deprimido que estuvo desde que llegó.
Ordena un poco los sucesos en su computadora personal interna para que quede claro porqué prefirió tomar esta actitud bastante dramática y nos cuenta que Jerónimo lo dejó por su antiguo jefe. Al puto de Julio lo presentó una noche que en la terraza hicieron asado todos los inquilinos de la pensión. Con Julio llevaba una amistad del tipo que se tiene cuando uno de los dos tiene un buen pasar económico y el otro conoce variada gente interesante gracias a su personalidad magnética. Una amistad por conveniencia compartida es la mejor forma de definirla. En la terraza no se dió cuenta cómo el idiota de Jerónimo se dejó mordisquear en el aire por la perlada y completa dentadura de Julio. La ropa de marca, su cargo laboral, el exquisito gusto de vinos, su relato egocéntrico como hombre de mundo, tantos viajes y su brillosa pelada obnubilaron al querido Jerónimo.
Pasaron algunas semanas y Jerónimo quedó desocupado. Lo invitó a vivir con él así no se preocupaba por el alquiler y otros detalles. La bondad le sobraba, además, conocía a la persona adecuada con el puesto perfecto y el poder necesario para conseguir un trabajo a su novio. Habló con Julio y le consiguió un lugar en el mismo banco. Como tenían planificado vivir juntos en otro lado y necesitaban dinero -al menos así le explicó, en principio, porqué hacía tantas horas extras-, Jerónimo empezó a pasar más tiempo con el jefe, el mismo puto y bronceado de Julio. Casi no lo veía, a la noche únicamente un rato. Y cuando lo hacían siempre estaba muy cansado, el sexo pasó de esporádico y simple a ser obligado y aburrido. La desesperación le picoteaba los oídos preparándolo para lo que se venía, lo obvio. Un martes no fue a dormir. Después se repitió un jueves, un sábado, otro sábado más cuando discutir ya era inútil, y un lunes muy soleado Jerónimo ya estaba instalado en la casa paqueta de Julio.
Claro que lloró y reclamó. Hizo escenas, le pidió replanteos y todos los mecanismos que encajan en una ruptura no esperada fueron usados a lo largo de los últimos meses. Renunció al empleo y buscó otro lugar aceptable donde pudiera curar su corazón roto. Su hermana lo llevó al cine, para olvidar a Jerónimo -su novio de tanto tiempo, dos años exactos- vieron películas de Drew Barrymore y tomaron cafés largos en Starbucks. Sin que pudiera anticiparse fue mejorando muy lentamente el rompimiento. Ya no lo nombra tanto y fue llamativamente eficiente dejar de mirar de forma constante el teléfono. Lo extraña en sus sueños y ese es el punto concreto en donde comienza la curación. Emanuel está mejor, pero sigue triste. Con optimismo se despreocupa por la limpieza del lugar ya que tiene fecha en el calendario para el torbellino del borrón y cuenta nueva: este fin de semana largo, el Ave Fénix cubrirá su dos ambientes con la purpurina que le sobra a sus treinta y tantos. O, por lo menos así, pensaba ayer antes de que Jerónimo lo llamara y sin diplomacia le pidiera que se vieran el viernes.
- Era importante, me dijo.- Emanuel se excusó con su hermana.
Aunque mucho no le agrada la idea de la visita, intentará poner la casa linda para recibirlo. El orgullo le pesa tanto como las ganas de verlo. En ese empate de emociones, practicará los discursos y todas las caras necesarias que no lo dejen en evidencia y ninguno salga lastimado. ¿Qué tendría que contarle? La creatividad que aprendió a desarrollar en su breve paso por la escuela de cine no lo ayudará a descifrarlo. No, porque Jerónimo se presentará a las cinco de la tarde con un absurdo plan.
Jerónimo había escuchado con atención todo lo que Julio le contó la noche de la terraza. Julio nació en Santa fé, tiene cinco hermanos y un padre muerto. Su madre apenas puede ver, se quedó ciega por la diabetes. Se mudó a Capital Federal en los ochenta, estudió economía y se casó con una compañera de la facultad con la que tuvo dos nenas. Nunca le había confesado sus fantasías homosexuales y hasta después de separados no se animó a concretarlas. Escaló posiciones en un banco hasta ser gerente de una renombrada sucursal y se estabilizó con un exquisito sueldo hace diez años. Tuvo una pareja que le había incentivado a viajar y estuvo en toda Europa, América del Norte y Sur, Oceanía y la magnífica Asia. Conoció a Emanuel en una fiesta del Festival de Cine de Mar del Plata cuando Emanuel todavía trabajaba en esa industria. Lo llevó a su banco y le aseguró que no debía hacerse problemas con su entrada monetaria. Emanuel se lo agradeció, su idea de escribir guiones para películas requería cierta tranquilidad económica y el tiempo que estaba en el banco sería tan poco que le permitiría escribir. De todas formas, no había pasado tanto tiempo desde ese momento. Le confesó a Jerónimo que no supo que Emanuel era gay hasta un tiempo después y que tampoco le había comentado que salía con un muchacho tan lindo, que si lo había hecho no le hizo justicia porque se habría preparado para no sentirse tan excitado por él. Julio echó el anzuelo ahí y Jerónimo se aprovechó.
A las cinco de la tarde Emanuel escuchará parte de este resumen y la propuesta indecente de Jerónimo. No sabrá si aceptar porque no entenderá los motivos de su ex hasta que él termine de detallarle cómo se desarrollará todo el plan para que no haya errores. Jerónimo es muy inteligente pero no le gusta trabajar, sin embargo tiene gustos caros y exclusivos. Conocer esta característica fue lo que a Emanuel le había dado la pauta de que lo había perdido cuando los presentó esa noche. Inocentemente dejó que las aspiraciones de princesa de Jerónimo ganaran a la confianza ciega que le tuvo. Y todavía Emanuel se culpa por todo lo sucedido.
Pero Jerónimo no. Jerónimo quería dinero fácil y solo necesitó engatuzar a un viejo puto para acceder a cierta información. Al principio no le gustó herir tanto a Emanuel pero su amor no era equivalente al que recibía de él. Jerónimo tiene veinticinco años y no está listo para comprometerse. No hay que confundirse, Jerónimo quiere mucho a Emanuel, tanto que se aparecerá a la tarde del viernes para pedirle perdón y, más que nada, para pedirle que le ayude a robar el banco.
Necesita de Emanuel dos cosas: primero, que escriba un pequeño texto de triunfo y despedida, que piense en un guión de película sobre asaltos a bancos. Lo segundo tendrá que pelear con la moral de su educado exnovio. Emanuel sabe la contraseña de algunos archivos que facilitan el acceso a bóvedas sin dejar rastro. Se lo pedirá con ojos de cachorritos pero le dará un porcentaje de lo recaudado y Emanuel deberá analizar la idea de ser su cómplice.
No habrá mucho tiempo para actuar. En el bolso de Jerónimo estarán seleccionadas las herramientas y los accesorios para el golpe. También llevará una cámara filmadora. Irán a la casa de Julio, quien aprovechará el tiempo extendido del feriado y estará en la costa con sus hijas. Le pedirá a Emanuel que en la computadora de Julio entre a ciertas carpetas ya copiadas y testeadas por Jerónimo y utilice su memoria para tipear las contraseñas y lograr ver esos papeles que filtrarán a las personas a las que no les serviría robar. Emanuel probará muchas veces y con dos horas como tope eligirán a quién y dónde robar. Acompañará a Jerónimo a mentir con encanto y engañar al guardia. El guardia estará sobornado porque sabrá una parte del delito, no el plan concreto, y aceptará ayudarlos. Jerónimo dirá que necesita otras cosas, utilizará recursos telenovelescos y muchas veces la palabra "venganza", disipará las dudas y la sospecha de que va en busca de plata. Lo logrará gracias a la simpatía de Emanuel y a su habilidad verborrágica. En las bóvedas cumplirán a la perfección con el robo y no dejarán rastros. El único que sabrá qué pasó y qué sucedió será Julio a su vuelta. Si no quiere perder su acomodado empleo, no hablará y destrozará el video que Jerónimo habrá grabado con un mensaje directo hacia su amante. El puto de Julio se sentirá humillado con las palabras que Emanuel escribirá. No será cruel, será cínico, digno de un malo querible por la audiencia y Julio no podrá odiarlo, ni traicionarlo, callará y esperará a que se resuelva la situación con los clientes. Estará calmo cuando sea interrogado y saldrá airoso de los apretujes incómodos. Jerónimo y Emanuel también estarán calmos, seguirán sus vidas como si nada hubiera pasado, pero no volverán a estar juntos. Jerónimo querrá viajar y se convertirá en un hombre de mundo; Emanuel buscará por internet a su futuro novio y pintará las paredes de color crema. Cuando pasen los meses, Julio buscará un nuevo empleo en algún otro banco. Volverá a Santa Fé al funeral de su madre y se recluirá en su casa en la vuelta, no contratará a la empleada de la limpieza por un tiempo, querrá estar solo, se pondrá triste, empezará a fumar otra vez, transformará su casa en un chiquero y extrañará en sueños los besos de Jerónimo.


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